¿Y si mentir no fuera el problema, sino la solución que aprendiste demasiado temprano?


Muchas personas no mienten para engañar. Mienten para no perder, no fallar, no decepcionar, no quedarse solas. La mitomanía no nace de la maldad: nace cuando decir la verdad dejó de ser seguro.


Este artículo no busca señalar ni etiquetar. Busca explicar, con claridad y humanidad: por qué la mitomanía se forma en la infancia, qué herida emocional la sostiene, cómo impacta la adultez y qué caminos reales existen para mejorarla.

¿Qué es realmente la mitomanía?


Desde el DSM-5, la mitomanía – no es un diagnóstico independiente- . Es un patrón de conducta que aparece como síntoma dentro de otros cuadros: ansiedad, trastornos de personalidad, baja autoestima, dificultades en el control de impulsos.


En palabras simples: La mitomanía es mentir de forma repetida porque la verdad se siente peligrosa, insuficiente o capaz de romper vínculos.


No se trata solo de falsear hechos, sino de proteger una identidad frágil.

¿Por qué nace en la infancia?


En la infancia no mentimos por estrategia consciente. Mentimos porque no tenemos recursos emocionales para sostener lo que sentimos.


La mentira aparece cuando:

El niño aprende algo clave:


“La verdad me pone en riesgo, la mentira me mantiene a salvo.”


Si esa estrategia funciona, el cerebro la guarda. Y lo que salvó en la infancia, se repite en la adultez, aunque ya no sea necesario.

La herida emocional detrás de la mitomanía: tipos de mitomanía y su relación con las heridas de infancia

Es importante entender algo clave: no existe una sola mitomanía por persona. Podemos presentar varios tipos al mismo tiempo, con distinta intensidad. Uno suele ser el dominante y otros aparecen según la situación emocional.

La mentira no surge al azar: cada tipo de mitomanía está profundamente ligado a una herida emocional de la infancia.

Mitomanía defensiva → herida de rechazo y humillación

Para qué sirve: protegerse.

La persona miente para evitar castigos, críticas, vergüenza o quedar expuesta.

Infancia: ambientes rígidos, castigos duros, padres impredecibles o altamente críticos.

Aprendizaje emocional: “Si digo la verdad, me lastiman”.

En la adultez:

Se asociada a:

Mitomanía compensatoria → herida de rechazo y carencia emocional

Para qué sirve: sentirse valioso.

La mentira aparece para tapar una autoestima frágil.

Infancia: niños ignorados, comparados o validados solo por logros.

Aprendizaje emocional: “Tal como soy, no alcanzo”.

En la adultez:

Se asociada a:

Mitomanía fabuladora → herida de carencia emocional

Para qué sirve: crear una identidad alternativa.

La fantasía reemplaza una realidad emocionalmente vacía.

Infancia: falta de atención, límites poco claros, refugio excesivo en la imaginación.

Aprendizaje emocional:Si no exagero, no existo”.

En la adultez:

Se asociada a:

Mitomanía manipuladora → herida de abandono y humillación

Para qué sirve: controlar al otro para no perderlo o dominar la situación.

Una persona dice medias verdades, exagera conflictos o victimiza su historia para que el otro sienta culpa, no se vaya o actúe como ella necesita.

Infancia: modelos adultos manipuladores, vínculos inseguros, abandono emocional.

Aprendizaje emocional: “Si no controlo, me dejan o me dañan”.

En la adultez:

Se asociada a:

Mitomanía impulsiva o compulsiva → herida de humillación y abandono

Para qué sirve: aliviar la tensión interna.

La mentira surge sin planificación consciente.

Infancia: dificultad en el control de impulsos, invalidación emocional.

Aprendizaje emocional: “No puedo sostener lo que siento”.

En la adultez:

Se asociada a:

Una aclaración fundamental:  Una misma persona puede:

La intensidad cambia según el vínculo y la emoción activada. No se trata de etiquetas fijas, sino de patrones aprendidos.

Evolución de la mitomanía desde la infancia a la adultez

Infancia: la mentira suele ser adaptativa (exploración, miedo, fantasía).

Adolescencia: se consolida como estrategia si hay refuerzo (evita dolor, gana atención).

Adultez: si no se trabaja, puede volverse un rasgo persistente que afecta vínculos, trabajo y credibilidad.

De la infancia a la adultez: el mismo mecanismo, distinto costo

Si de niño mentir te protegió, de adulto te encierra. Lo que antes evitaba castigos, hoy genera:

La persona termina sosteniendo una versión de sí misma que no puede habitar en paz.

¿Tal vez esto vaya contigo?

Tal vez este artículo te toca si:

No es debilidad. Es aprendizaje emocional.

Pautas reales de mejora: 

1. No atacar la mentira: La mentira no es el problema, es la señal.

Pregunta: ¿Qué emoción estoy evitando al mentir?

2. Identificar la herida original:  Sin trabajar la herida (rechazo, abandono, humillación o carencia), la conducta vuelve.

3. Practicar honestidad segura: No se empieza diciendo toda la verdad de golpe.

4. Reconstruir la identidad

5. Regulación emocional: Muchas mentiras nacen desde la ansiedad.

La mitomanía no define a la persona, define su historia.

Detrás de cada mentira repetida hay un niño que aprendió que la verdad no era segura. Sanar no es aprender a decir la verdad a la fuerza, es aprender que hoy ya no necesitas esconderte para ser amado.

Si este artículo resonó contigo, no es casualidad. Es conciencia despertando. Nombrar lo que sientes, darte un espacio de pausa, o decidirte a pedir ayuda profesional. Cada acción, por pequeña que sea, abre un camino hacia tu bienestar.   Y recuerda siempre: “YO PUEDO Y YO SOY CAPAZ”.

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